Novias: Princesas, reinas o Diosas

Elegir tu vestido de novia despierta un montón de patrones familiares y culturales que te explotan en la cara cuando menos lo esperas.
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Raquel Rús
Sexóloga, terapeuta de pareja y Profesora Acreditada por la International Enneagram Association. Autora del libro "Comunicación consciente".

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Hace un tiempo que no escribo, pero ya mismo vais a saber por qué…

Este post lo estoy escribiendo dos días después de elegir mi vestido de novia, una experiencia que me ha permitido descubrir mucho más sobre mí misma y sobre todo lo que ello implica. Obviamente lo mandaré después de mi boda, vaya a ser que el novio se entere de algo, jeje.

Las amables dependientas te dicen que no escuches las opiniones de nadie, que cuando te lo pongas y sea tu vestido lo sentirás. ¿Cómo te quedas? Estas señoras saben mucho. Así que allí fui yo dispuesta a entregarme a los rituales de ver vestidos con amigos/madre y a «sentir» el mío. Y cuantos más me probaba más nerviosa porque yo no sentía nada de nada. Eso sí, una descubre que esto es todo un mundo y que lo difícil es no estar divina con una de estas prendas, elijas la que elijas.

Preocupada por no sentir nada llamé a una de mis amigas que se casó hace un par de años y la dije que todo muy mono, pero que yo me sentía bastante disfrazada con ellos y que quería sentirme yo, a lo que me aclaró que no esperara sentirme yo, que iba de novia y que era normal el tema de sentirse en un carnaval. Después de escuchar eso por una parte me tranquilizó «pues mira es normal y debería relajarme» y por otra me salió la rebeldía «joder, ¡yo no quiero disfrazarme!».

Total que una se despierta a las 8 de la mañana de un domingo y sigue mirando compulsivamente vestiditos porque alguno será para mí, vale sí que tengo mis cosas, pero en el mundo alguien debe pensar como yo. Esa era mi parte romántica que no pierde la fe, la práctica decía que me había probado tres que me habían gustado, que estaban rebajados, que era para un solo día y que al día siguiente eligiera cualquiera y terminara de sufrir por una estupidez.

Para no estresarme en exceso me di un plazo, dos días más de mirar vestidos y ya elijo, y san se acabó. Voy a la primera tienda, me pruebo el único que quedaba de la colección que me gustaba, además solo lo tienen en negro en ese momento y ¡sí! ahí estaban las señales «¡oh my God! ¡con este me siento “yo” y otra vocecita que dice “pero este no tiene una tela súper estupenda, ni es de un diseñador mega maravilloso, ¿qué pensarán tus nietos cuando vean un vestido que no es, hablemos claro, digno de una princesa?”. Pues sí, en estos momentos una toma conciencia de que las fotos de las boda las verán tus nietos o sobrinos nietos, y una quiere estar a la altura de la circunstancia. ¿Estúpido? En parte sí. ¿Normal? Después de todo lo que nos meten a las mujeres en la cabeza durante toda nuestra educación, pues también.

Así que puedo elegir entre ir a lo Audrey Hepburn en «Desayuno con diamantes» (¿a quién no le gustaría ir un día a lo Audrey?) o ir de mí misma. De eso no tomé conciencia hasta más tarde, porque de verdad ir de Audrey haría sentir bien a cualquiera. ¿Por qué? Por la reacción de los demás. Sí señores, una toma conciencia de que una piensa en el qué dirán ¡cuando yo creía que eso lo tenía superado! Pues mira tú que en este punto no. Creo que es normal porque ¿a quién mira todo el mundo en una boda? ¡a la novia!

Conclusión: Audrey ganaba en mi cabeza, aunque no en mi corazón. Hasta que le pregunto a uno de mis amiguísimos aquello de “oye ¿tú con qué vestido me ves?”. Y él me dice cuál es su preferencia: ese que a mí me gustó, pero que pensando en mi imagen en las siguientes generaciones había decidido que quizás no estuviera a la altura de las circunstancias. Yo le explico la gran responsabilidad que me he dado cuenta que tengo con la elección de mi vestido (obviamente todo esto es una auténtica estupidez, es solo que en estos momentos nos salta a la cara toda nuestra maravillosa educación fruto de una sociedad patriarcal en la que nos educan para que ese día vayamos de vírgenes, de princesitas inocentes a las que entregan a un hombre que nos protegerá, y sí, yo también entré en estas tonterías, y menos mal que me paré, pregunté y tengo buenas amistades…).

Seguimos hablando y se abre a mí con una bonita historia familiar “Mira, antes de su boda mi hermana me llamó y me preguntó qué era ella si una princesa o una reina, y tuve claro que ella era una reina. En tu caso, Raquel, esperaba que estuvieras por encima de todo eso y decidieras simplemente ser tú. La decisión que tomes puede que hable de lo que has sido y también puede hablar de lo que eres o de lo que quieres ser. ¿A quién quieres que vean cuando vean esas fotos? ¿A qué Raquel? A lo mejor no tienes porqué ser ni una princesa ni una reina y puedes simplemente ser feliz”. ¡Zas en toda la boca!

Así que en ese momento decidí no ser una princesa ni una reina, porque no soy ninguna de las dos cosas. Decidí que él tenía del todo razón, di gracias al cielo porque aunque el camino a veces es duro estoy inmejorablemente acompañada y decidí comportarme como una Diosa. Decidí ser yo, ser libre y elegir.

Claramente da igual el vestido que elegí, lo importante es las razones por las que lo hice. Cada día deberíamos tomar consciencia de que cada decisión debe ser coherente con nuestro ser, elijamos lo que elijamos, dejemos hablar al Dios/Diosa que hay en cada uno.

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