Deja de avergonzarte por lo que te pasó

Hay una fantasía extendida en la que mi vida es rara y yo defectuosa, pero los demás son estupendos, han tenido infancias fenomenales y debo sentir vergüenza por lo que he vivido. ¿Cuándo nos vamos a dar cuenta de que eso para nada es así?
Raquel Rús
Raquel Rús
Sexóloga, terapeuta de pareja y Profesora Acreditada por la International Enneagram Association. Autora del libro "Comunicación consciente".

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Hay una tendencia generalizada a querer ser «normales». Entendiendo como “normal” que nuestro padre y nuestra madre se quisieran mucho, decidieran casarse, luego tuvieran ilusión por tenernos, nos recibieran con gran alegría y nos educaran para ser aquello que más deseáramos (sin importar si el abuelo era abogado como tu padre, si eliges ser artista o decides no estudiar nada e inventar algo nuevo a tu manera). También parece que lo “normal” es que nunca hubiera problemas en casa. Nada de discusiones, amenazas, alcoholismo, problemas mentales, abusos sexuales, drogadicción o conductas infantiles y crueles por parte de los mayores. Lo “normal” a veces es entendido como que te reconocieron tu lugar en la familia, fuiste apreciada por lo que eras y nunca hubo un chantaje emocional. Los menores en el colegio jamás te humillaron, te dejaron de lado o tú te sentiste que no encajabas. Y, claro, al crecer ninguna pareja te fue infiel o te amenazó, ni hubo jefes injustos, ni pasaste por periodos de ansiedad o depresión. Todo esto es lo “normal” ¿verdad?

Lo curioso es que mi vida no ha sido «normal». Miro la vida de mis amigos, y tampoco. Y cuando mis clientes vienen a terapia jamás me han contado una historia «normal». Entonces señoras ¿qué estamos haciendo avergonzándonos de nuestras vidas porque creemos que son «anormales» si la de nadie es «normal»?

Nos consideramos extrañas y no podemos permitir que nadie se entere de eso.”

Tenemos un juez en la cabeza que mira el mundo y nos juzga raras, defectuosas. Piensa que las demás personas son mejores, que sus familias son más equilibradas y que las cosas que nos han causado mucho dolor, no pueden ser normales. Por tanto, nos consideramos extrañas y no podemos permitir que nadie se entere de eso o nos dejarán de lado. A veces también escuchamos a alguien que cuenta abiertamente que sufrió una violación, que su padre era alcohólico o que su madre se desentendió de los hijos, ahí algo se nos mueve dentro. Se trata de algunos valientes que deciden dejar de ser cómplices de aquellos que debieron comportarse de una manera determinada y no lo hicieron. Quizás nunca lo hayas pensado, pero cuando nos callamos fingiendo que nada pasó, somos cómplices de la situación. Mantenemos el secreto, la imagen, nos invade la vergüenza y nada cambia.

Está muy bien tener la sensibilidad como para entender que eso no fue “normal”, pero que nos ocurrieran esas cosas o viviéramos esas situaciones no nos convierte a nosotras en seres anómalos que han de esconderse. De hecho, ya va siendo hora de aceptar que lo “normal” es lo raro. De esa manera podremos hablar de ello y si alguien nos dice “mi padre me pegaba”, podamos decir “vaya, mi madre se fue cuando yo era pequeña” o “en el colegio siempre me dejaban de lado”. Al hacerlo lo liberamos. Lo sacamos de dentro y ahí es cuando tenemos la oportunidad de superarlo.

Somos humanos, nos dañamos unos a otros (a veces con la mejor intención). Ocultarlo da poder al abuso mientras nuestro dolor crece y nos distancia de nosotros mismos.

Ni tú ni yo somos normales ¡no hay nadie «normal»!”

Aceptemos que no somos normales, que no hay nadie normal. Todas las personas hemos sido heridas. ¿Cuántas veces cuando alguien te cuenta algo así has pensado “este ser es defectuoso”? Nuestras historias, esas que nos avergüenzan, lo único que pueden despertar es empatía en los demás. Y una vez que las sacamos las normalizamos (entendiendo bien la diferencia entre “normal” y “sano”), las dejamos ir, no las tenemos encerradas en nuestro interior y de esa manera empezamos el camino para que no puedan seguir dañándonos.

La mayoría de esas memorias tuvieron lugar en nuestra infancia. Asumamos que en la infancia no teníamos capacidad para defendernos, lo hicimos lo mejor que pudimos, ¡éramos pequeñas! Cuando crecemos, independientemente de la edad, dentro seguimos llevando a esa niña que tiene miedo, que desea ser aceptada y le cuesta enfrentar el dolor. ¡Hablemos de ello! Busquemos la sabiduría de nuestros amigos y amigas, dejémosles que nos ayuden a sanar nuestras heridas y ayudémosles nosotras a sanar las suyas.

Tampoco está demás buscar un terapeuta de confianza, leer sobre el tema, ver estadísticas o entrar en Internet a ver si alguien cuenta su experiencia tan parecida a la nuestra. Todo ello nos ayuda a irnos quitando las capas generadas en estos años. Se trata en definitiva dejar de fingir que eso” nunca ocurrió porque, al hacerlo, nos fragmentamos por dentro. Una parte quiere atender a ese dolor y la otra quiere ignorarlo porque piensa que es demasiado, que no quiere volver a pasar por ahí, que ya lo tiene superado, que el pasado hay que dejarlo en el pasado… No tienes idea de las veces que escucho en consulta “lo de mi madre ya lo superé”, “de mi ex, ese que me pegaba, hace años que no sé nada y ya estoy bien”, “la muerte de mi hermano la tengo muy aceptada” y tantas historias que hemos ido enterrando bien profundo en nuestro interior para poder seguir con nuestra vida.

infancia

Lo que pasa es que no han sido integradas y eso nos da una visión de la vida y de nosotras mismas muy distinta de la que tendríamos si la herida hubiera cerrado de verdad. Quizás nuestra madre nos humillara y aunque seguimos teniendo relación con ella nunca hemos logrado confiar en nosotras mismas, puede que después del ex abusador jamás hayamos logrado confiar en una pareja, o que hayamos dejado de practicar ese deporte que tanto nos gustaba, porque lo hacíamos con nuestro hermano fallecido y no podemos soportar el dolor de su vacío.

Esas capas que has creado, todas esas razones que te has inventado para explicar lo ocurrido y para convencerte de que todo está bien te han servido para sobrevivir, pero ya va siendo hora de que te permitas vivir integrando todo ello en tu ser. Sin esconderte más. Solo aceptando que no somos normales, que lo que nos pasa es enfermizo, podremos superarlo y crear un mundo más sano, más feliz, más “normal”.

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2 comentarios en “Deja de avergonzarte por lo que te pasó”

  1. Me encantó el artículo, Raquel. Yo soy una de esas valientes que de a poco está sacando cosas viejas de adentro, contando con la mayor apertura posible lo que me pasó porque no quiero tener más vergüenza de ello. Es un trabajo que sigo haciendo, no es fácil pero tampoco imposible.

    1. Muchas gracias por tu comentario Alejandra, ¡y muchas felicidades por ser una valiente! Cuantos más seamos, mucho mejor. Como bien dices, no es sencillo ¡aunque es posible! Y muy liberador 🙂 Un abrazo

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